El consumo en la sociedad

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Se suele decir muy a menudo que la naturaleza y sus recursos no nos pertenecen: pertenecen a nuestros hijos, a las generaciones posteriores. Esto es verdad, pero hay una verdad más profunda: el mundo pertenece a Dios, no le pertenece a ninguna generación, a ningún ser humano

“Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón”

El Dios de la Biblia promete a Abraham y a sus descendientes una bendición copiosa: habitarán “una tierra que mana leche y miel” y podrán ver multiplicarse sus rebaños y su misma fecundidad familiar.

Ya en los comienzos de la creación, Yahvé aparece como el Dios que bendice a los seres vivos para que se multipliquen. Bendecirá de forma especial a la pareja humana para que sean fecundos, se reproduzcan y gobiernen sobre todas las criaturas. Él ha plantado un jardín para que el ser humano disfrute y coma de todo lo apetecible de ese paraíso repleto de delicias.

Esta bendición se extenderá a lo largo de la historia como recompensa por la vida obediente del hombre justo: el libro de Job nos lo recuerda de forma dramática.

El Dios creador desea, por tanto, que el ser humano disfrute de los bienes de la tierra. Todo lo que él ha creado es “bueno”, es bello y está al servicio del hombre. La riqueza y la abundancia es fruto de la bendición de Dios que desciende sobre el trabajo de los hombres.

La historia de la humanidad no ha sido sino el desarrollo de ese mandato del Creador pronunciado como vocación primera sobre Adán y Eva: dominar el mundo y trabajar la tierra, que les servirá de alimento y de espacio para crecer como personas.

La visión bíblica y cristiana de los bienes del mundo nada tiene que ver con un pesimismo gnóstico o un dualismo platónico, que ven en la materia un enemigo para el alma y su salvación. Por eso, la civilización que el judeo-cristianismo engendró en la historia ha sido la cuna para el desarrollo de la ciencia y de la técnica.

Ahora bien, la reflexión bíblica sobre la condición humana también nos recuerda el pecado que se ha mezclado en el obrar del hombre, en su tarea y en sus relaciones. La riqueza, a lo largo de la historia, ya no es sólo fruto de la bendición de Dios y el trabajo humano: también ha surgido como consecuencia del pecado y el egoísmo de los hombres. Y se ha convertido, muy a menudo, en un ídolo que nos ha despersonalizado y nos ha alejado de Dios y de los demás.

Se hace necesaria la reflexión, como en todo lo humano.

Habría que subrayar, al menos, tres criterios de discernimiento en la relación del hombre con las riquezas. Repasemos uno de ellos esta semana, dejando los otros dos para el próximo domingo.

En medio del Jardín del Edén, entre todos los árboles apetitosos que el hombre puede disfrutar, está el árbol del conocimiento del bien y del mal, del que el hombre no puede comer. Desde el principio, antes de cualquier pecado, existe la norma y el límite. La reflexión judía ha subrayado siempre la importancia de la ley como pedagogo de un verdadero humanismo.

El hombre puede transformar el mundo, pero ha nacido ya en él, no es creador. El hombre no puede situarse por encima del bien y del mal: es responsable, ante Dios, de toda su tarea

Este límite moral no es un capricho del Creador: es el reflejo del límite metafísico de su criatura. La persona humana no es Dios, es criatura contingente; por eso, está sometida a lo real, al bien, a la belleza. El hombre puede transformar el mundo, pero ha nacido ya en él, no es creador. El hombre no puede situarse por encima del bien y del mal: es responsable, ante Dios, de toda su tarea. Ha recibido el dominio sobre el mundo como vocación de parte de Dios: él no es dueño, ejerce su autoridad en nombre de Otro.

Se suele decir muy a menudo que la naturaleza y sus recursos no nos pertenecen: pertenecen a nuestros hijos, a las generaciones posteriores. Esto es verdad, pero hay una verdad más profunda: el mundo pertenece a Dios, no le pertenece a ninguna generación, a ningún ser humano. De ahí brota el respeto esencial con que el hombre se sitúa ante la Creación: no es dueño y señor, sino delegado, criatura, hijo.

El consumidor, en cambio, se vive diferente: su relación principal es de posesión y se dirige a las cosas, no a las personas. El gusto es el único criterio, no existen límites, acaso la salud.

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